Cuando alguien se "nos" muere nos replanteamos toda la vida llevada hasta ese momento: que hemos hecho, que hemos dejado de hacer, como nos ha ido, si ha merecido la pena, que amarguras nos quedan, que satisfacciones...parece como si, de repente, tuviéramos que hacer un examen de conciencia forzados por las circunstancias y muy a nuestro pesar. Sin quererlo, nos cuestionamos todas nuestras miserias, tanto en relación con la persona muerta, como respecto a nosotros mismos: que ha sido de mi, como he llegado a este punto, mira que si a mi me pasa lo mismo, por qué no cuidé más la relación con esta persona... y durante todo el periodo pre y postmuerte nos come una angustia que nos quita el sueño y nos azora sin saber exactamente de dónde procede. Y nos damos cuenta que no sabemos como afrontar esta situación. En este sentido, decía Confucio: "Cuando uno no sabe que es la vida, ¿como podría conocer lo que es la muerte?" Por una parte el dolor por la persona fallecida y , por otro, la angustia que esto nos produce nos lleva a una situación casi irreal. Buscamos consolarnos en el otro, en los otros pero, al final, no podemos evitarlo: la muerte nos pone cara a cara con nosotros mismos, con nuestra vida, con el sentido de nuestra vida...y con el sentido de nuestra futura muerte. ¿Podemos afrontarlo?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Venga, animate a comentar lo que te salga del alma!